La convalecencia
Después de la caída,
Kien paso seis semanas en cama recuperándose. Kein no quería estar
inmovilizado. Teresa tenía todo el tiempo del mundo para hacer sabe Dios qué.
Un día se levantó tropezando con el marco de la puerta y derrumbándose en el
suelo. Teresa lo castigo dejándolo ahí en el suelo como señal de lo que no
debía hacer sin su permiso.
Teresa estaba contenta
con esta nueva situación que hacia ser dueña de la casa. Cuidaba a su marido.
Repasaba su escritorio en busca de su tesoro: el testamento. Kien en su cama
deliraba y nombraba a su hermano. Teresa temía por su herencia. Teresa le había
dado por hablar sin parar. Kien no podía hacerla callar. Una catarata de
reproches salía de su boca. Recitaba una especie de mantra que repetía una y
otra vez. Kein pensó: “ ¡Qué injusto!, puedo cerrar la boca cuando quiero y
apretarla a mi antojo; y en el fondo, ¿para qué sirve una boca? Su misión es
recibir alimentos; pero ¡está tan bien protegida! Las orejas, en cambio, están
expuestas a cualquier tipo de ruidos” (pág.131)
Teresa había perdido el
pudor y se expresaba sin miramientos. Le preguntaba por sus cuentas bancarias,
por su dinero. Kein no podía entender a esa criatura que no le interesaban sus
libros, excepto, las cuentas bancarias.
Cada día a las diez de
la mañana aparecía el diligente portero para acompañarlo durante una hora. El
portero tenía su propio interés en estas visitas. “El temor de perder su
propina mensual fue abriéndose paso en él” (pág.133). Durante esa visita el
portero hacía gala de su discurso habitual: ¿Cómo había que tratar a las
mujeres? La respuesta del portero era brutal y simple: a golpes. El héroe de la
portería de la calle Ehrlich 24, era una autoridad en el arte de pegar a las
mujeres y pensaba que todo hombre tiene el derecho y el deber de hacerlo.
Mientras uno hablaba,
Kein dejaba volar su imaginación pensando en secreto e una lista de sus
pecados, anotados con fecha y hora. En ese duermevelas, el portero acaba por
adquirir perfiles de lansquenetes. Un ser anodino con una vida anodina era
metamorfoseado en un personaje tan incongruente como el portero.
El portero a las once de
la mañana se levantaba para dar por concluida la visita. ¿Qué hacia Teresa en esa hora? Pues, trabaja.
¡Estaba haciendo inventario de la biblioteca! Un sistema “genial” de anotación
le permitiría saber que tenía.
Kein, después de seis
semanas, empezaba a respirar mejor. Teresa empezaba a recortar sus peroratas,
cuando eso sucedía Kien podía cerrar los ojos y se dejaba vencer por un sueño
reparador.
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